martes, 2 de mayo de 2017

UN SUEÑO MECHADO (como la carne)



Una pareja hasta hoy insólita en mi onirosfera: Arthur Miller y Marilyn Monroe. Pero en un sueño, como éste, moebiano (atravesado de entreveros, vetas, venas, mechas, paradojas, machihembrados y sinuosidades yinyanescas) la pareja (cuya identidad me iba calzando de manera fluctuante, con esa espontaneidad osmótica tan propia de la no vigilia) parecía alérgica a estereotipos: así, el escritor emanaba tomatosidades dignas de Foucault (como si sus brujas, más que de Salem, fuesen de Saló -del Saló pasoliniano, se entiende-) y la estrella, sin embargo, sorprendía con su recato (un recato turulato, autista, con un punto a lo Norman Bates -ese recato que Norma Jean mostró en su película más autobiográfica, NIEBLA EN EL ALMA, tan poco valorada por el mundo y tan apreciada por mí-). Paseábamos una y otra vez (¿preludio o consumación de algún clímax?: una de las tantas incógnitas del sueño...) por un paisaje portuario, muy del mundo de la estiba, que asocié con la novela por la que entré a comienzos de los 80 en el mundo de Mishima (esa novela que cierta actriz británica con cara de payaso y dada a torrideces encarnaría en la pantalla). Caía una lluvia ambarina (no sé si regalo travieso de Danae o eco de la sobredosis de fluidos que conlleva tragarse todo un maratón de HOUSE como el de este puente, tan pródigo en cuñas, goteros y bañeras -o tal vez eco semántico de la minisaga a lo ALL THAT JAZZ de la muerte de la Zorra Implacable, fugaz pareja entre arcángel y mantis del sufrido Wilson, amigo/¿conciencia? del indomable galeno-). De pronto, en nuestra interminable paseata, nos sorprendió sobre un túmulo de redes un grupo de parcas preparando pulpo con tijeras. Oreaban su concentración eventualmente mirándonos con torvedad y malicia, como dejando en el aire si su instrumento de trabajo era signo de tribadianos gozos o de sombras de castración y censura. En ese momento, la sirena de un barco (en la dimensión vigil, el resoplido del bus que para frente a mi casa) me despertó y me quedé un par de horas más de duermevela bajo el edredón, rumiando lo soñado. 



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