miércoles, 9 de agosto de 2017

GASTBY



Ayer pusieron por La Sexta una nueva versión de EL GRAN GASTBY, en plan fantasía musical pamplinera (que asocié con la MARIA ANTONIETA de Sofía Coppola, paradigma de lo pamplinero). No la acabé. Leonardo Di Caprio se había vestido como Robert Redford y el traje le estaba grande (Di Caprio -como Jorge Sanz, Michael J. Fox, Gabino Diego o Edward Furlong- nunca crece, sólo se viste con trajes de sus padres, de sus abuelos, y la cosa queda paródica, a veces entrañable, a veces grimosa -sólo cuajó como Howard Hughes, pero fue por la extrema inmadurez de este sujeto, congelado emocionalmente en la niñez-). La grandeza mitológica con que Coppola apuntaló a Gastby en el film de Jack Clayton (lo había hecho ya con Patton para Schaffner -director ducho en mitos con EL SEÑOR DE LA GUERRA y la primera entrega de EL PLANETA DE LOS SIMIOS-) aquí no se percibía por parte alguna. Esa cordialidad trasmundana que emanaba de Gastby a su vecino, como de un dios triste (magnate crístico y luciferino a la vez), y que siempre me pareció troquel en que se inspiró Lynch para el trato afable con que el agente Cooper se vuelca para con los lugareños de Twin Peaks, aquí era histrionismo torpe de un párvulo en función de teatro infantil. Había algo puerilmente chillón, "potteriano", como de cuento fallido. Pienso que ese mismo enfoque, dirigido por Tim Burton y con Johnny Depp de Gastby (Depp, síntesis maestra de la infancia que madura destilándose en misterio melancólico -pienso en CHOCOLAT, sea a la francesa o con Willie Wonka, o en aquel sufrido hijo de madre megaobesa que ha de cargar a sus espaldas con todo su entorno rural, o en Ed Wood, o en el papá de Peter Pan, clave maestra de todo Depp-), tal vez habría cuajado como realidad alternativa pero válidamente carrolliana a la versión primera con Redford. 

Ultima pregunta: ¿qué habría pensado Scott Fitzgerald de todo ello? (¿quizás, de haber vivido más y haber llegado a otear los años que en esta entrada se tocan, habría planteado una adaptación mucho más oscura, con un Robert Aldrich lúcido y cruel dando forma a Gastby a la maniere grandguignolesca de Lylah Clare? -¿no se hizo esto de algún modo, no es Lylah Clare, esa intersección de pura carne y puro misterio que tan bien supuso Kim Novak desde PICNIC, una realidad paralela y transexuada de Gastby, de un Gastby que no muere súbita e injusta, camusianamente, como mito sacrificial, sino con la morosidad sórdida del Hollywood real, ese que nunca muere, porque siempre camina muerto en aporía sobre su propio vómito?-). 


jueves, 29 de junio de 2017

MIS ANGELES Y DEMONIOS TELEVISIVOS DE INFANCIA



Cierta polémica reciente provocada por uno de los hijos del cuñado de Franco (Jesús) a propos de cierta escritora "amiga de los niños" me ha llevado a pensar en las presencias de la tele que me deprimieron o lo contrario en mis años más mozos.

Debo señalar que mi cronología infantil estuvo tristemente marcada por programas "para niños" que, muchos años más tarde, podría resumir en las asechanzas del senecto Herbert en torno a su deseado Chris Griffin. Un despliegue geriátrico que, con impostada impostura, pretendía seducir al pequeño Zurdito y sólo le provocaba grima y sospecha. Había algo turbio, como de torpe paidofilia con olor a pis rancio (vamos, puro Herbert): aquellos primigenios Boliche y Chapinete (siempre asocio al primero con el frenético Quique Camoiras y, al final, de tan sepia que están en mi memoria, los acabo entremezclando con secundarios del cine costumbrista de la época -Manolo Morán, Félix Fernández, José Orjas o ese relamido jefecillo de ATRACO A LAS TRES que caso por su fruncido mohín de boca con el Marías generador de la polémica que da pie a esta entrada- y así casi los redimo de su mal rollo), aquellos vieneses absurdos como gárgolas emanadas de EL TERCER HOMBRE (Franz Johann, Gustavo Re y la dragonlady Herta Frankel con sus espeluznantes marionetas), el tío Aquiles de LOS CHIRIPITIFLAUTICOS (rodeado de elementos más jóvenes pero no menos bizarros, como el tardígrado Locomotoro -preludio en lelo de aquel inefable Carlos Iglesias que sí me causaría adicción varios evos después con sus dos creaciones magnas, el "orgulloso" Pepelu y el hebefrénico Benito Lopera-, la didáctica Valentina -ya anticipando su destino final como voz avisadora de las estaciones en el Metro madrileño y que en su sádica y ¿cordial? asexualidad con algo opusino parecía una Rottenmeyer entreverada con la institutriz de los retoños Trapp- más el jovial capitán Tan -casi el que menos horror me producía: con su aire de joven funcionario desarrollista disfrazado de explorador, me resignaba a que, si alguno de esos espectros tenía que estuprarme, lo hiciese él-), a lo que añadir la escritora de marras "amiga de los niños" (que, con su impostada simpleza y sus enormes hechuras, asociaba a una versión psitaciforme del pájaro dodo y también al actor Fernando Sancho -de quien por un tiempo la creí hermana o similar, por aquello de los parecidos razonables-).




Reconozco que, en materia de senectudes, yo ponía el listón muy alto: mi impronta (que diría Konrad Lorenz) la marcaron las dos ancianas que me criaron (mi bisabuela Manuela y su hija mayor, mi tía Pepa, agudas, nada seniles, muy jóvenes de espíritu, que aún hoy me resulta difícil concebir como "viejas" -y que, por ello, siempre vuelven a mi recuerdo cuando releo o reviso en una entrevista a Rosa Chacel-), y algo más tarde otro joven eterno (mi despepitado abuelo Joaquín, con mucho del Arturo Fernández de TRUHANES y algunas gotas del simpar torero Juncal hibridado con el dandy César González Ruano, siempre coqueto y seductor, y pródigo en anécdotas extremas entre lo hipocondríaco, lo mañarianamente procesional y lo gallardo), a lo que añadir esas dos camisas viejas (¿tal vez las llegó a conocer nuestra escritora "amiga de los niños" en sus años por la Sección Femenina?) de curtidas facciones de piel roja, laconismo militar y una profunda ternura latiendo dentro (mi randiana y naturista tía Carmela con su aire a lo Stewart Granger -de la que, con unción, ya he hablado en papel y en la peli del sr Pinzolas- y la directora de mi parvulario, la carismática Mª Dolores Galvarriato, hermana de la musa de Pedro Salinas -con algo reciamente medieval en sus facciones y talla, a cuyo lado la sufrida hermana de José Antonio siempre me pareció una bayeta mojada-). Lo más cercano a estas improntas que me deparó la tele no me lo dio la programación infantil sino los dramáticos (NOVELA, ESTUDIO 1...) donde presencias como la ominosa Cándida Losada o la elegante Irene Gutiérrez Caba o las pizpiretas hermanas Muñoz Sampedro o las magníficas estantiguas Carmen Carbonell y Amelia de la Torre sacaban el Harold que hay en mí en busca de su Maude.




Ancianidades aparte, mis visiones del estupro como paliativo de la orfandad en que, a partir de determinado momento, se encalló mi corazón (aún más tras colgarme por un tiempo con las lecturas de Dickens) las nutría en mis deseos de ser adoptado/raptado por un Phileas Fogg con cara de David Niven o por el matrimonio Mc Millan (tan exactamente adecuado a mi perversión polimorfa, mi primer objeto de deseo televisivo tras Wilma Flinstone -versión bidimensional de Deborah Kerr-) o incluso por el decadente y canoso Banacek (lejos aún de la tebeística épica que lo encumbraría al frente del EQUIPO A). Estos ensueños me alejaban de las repelencias herbertianas ya comentadas de los espacios "para niños" y de los desagradables encuentros con tal o cual paidorro (siempre en el mismo sitio, cerca del Canal, donde la torre de agua y frente al cuartel de bomberos, junto a la antigua boca de Metro de Ríos Rosas) que, al volver del colegio entre el 71 y el 72 (aún no había acabado de pegar el estirón ni engrosado el cristal de mis gafas y debía de conservar algún resto de mis encantos prepúberes a lo Audrey Hepburn) se me echaban encima a la anochecida (uno de ellos, componente de cierto combo musical muy popular a la sazón por sus adaptaciones pop de canciones de la postguerra -de esas que un lustro más tarde desempolvaría Patino-). Llegaba a casa estresado y mi mente se elevaba acunada por las canciones recién descubiertas de las Vainicas o de la Bonet o siguiendo las peripecias de aquellas magníficas series detectivescas de la NBC. Rosa Chacel (la apolínea -como la definiría Jiménez Losantos en uno de sus momentos más felices-) se había asomado a mi vida no mucho antes a través de la lectura malagueña (en casa de mi tía Cari) de su novela TERESA pero aún faltaba tiempo para caer rendido a sus plantas (cuando se me transfiguró allá por los últimos 70 con sus turgentes MEMORIAS DE LETICIA VALLE y DESDE EL AMANECER).




Fue justo por entonces cuando un espacio infantil no me pareció insano y repugnante sino cabalmente adecuado a lo que es un niño (esto es, un loco bajito -y, por loco, digno de respeto-, no un idiota manipulable al capricho baboso de gentes que no lo entienden en absoluto, por mucho que nos vendan lo contrario). Si no fuese por mi retardo emocional que me dejó para siempre en el umbral de los quince años, podría decir que se me pasó el arroz cuando en TVE irrumpió SESAMO ST: pero nada más lejos (y mucho de lo aparecido por entonces en mis escritos y viñetas contraculturales da testimonio). Los monstruos peludos adictos a las cookies o a la docencia (Coco, ese piloso trasunto de filósofo peripatético), la pareja criptogayer Epi y Blas, el entrañable vampiro transilvano/pennsilvano, el MANA MANA, esos ecos de la alegría pillastre de Ken Kesey y su magic bus... Esas fueron para mí las auténticas presencias amigas de los niños. Sólo en cosas japonesas (anime -tanto series como largometrajes, caso de EL VIAJE DE CHIHIRO o LA PRINCESA MONONOKE- y alguna cosa de Kitano -su desmadrado CASTILLO DE TAKESHI o su lírica EL VERANO DE KIKUJIRO-) hallaría elementos audiovisuales que me transmitieran sensaciones parecidas de gozo y empatía, sin ver al fétido espectro de Herbert acechando entre las sombras.



lunes, 12 de junio de 2017

Eso lo será usted

Jugando a ser de "otra" generación
"Yo soy millennial porque el mundo me hizo así, porque usted no me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír". Parafraseando la mítica canción de Jeanette comienzo este canto a la rebeldía de los pertenecientes a la llamada "Generación Y", que el señor Antonio Navalón ha tachado en un polémico artículo de indolente y autista, entre otros apelativos con una extraña fijación en nuestra sordera (decía "¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?"). Antes de redactar este escrito me he planteado otra pregunta, ¿vale la pena construir un discurso para aquel que parece tener buen oído y se niega a utilizarlo? La respuesta era obviamente negativa, pero como él mismo siguió adelante no va a ser este millennial menos que él. Efectivamente nos gusta estar en la vanguardia tecnológica, hoy no he comprado "El País", pero gracias a las redes sociales he podido enterarme de esta puñalada por la espalda. Si pensaba el señor Navalón que estaba a salvo sobre el papel, debió prever el alcance de la nube. Los millennials solemos visitar al otorrino con la misma frecuencia que cualquier otro ser humano, perteneciente a la generación que sea, y puedo afirmar que en general tenemos el mismo oído fino y laringe crítica que el resto. El problema está en que nos preocupan aspectos diferentes a los suyos, un pequeño detalle que ha pasado por alto y que suele ser habitual en los cambios generacionales, que por cierto nos llevamos unos cuantos con el señor Navalón.

La nuestra es también la generación Harry Potter

Pero somos comprensivos, excepto por esa pequeña broma con su "Wikipedia" que espero nos disculpe, entendemos que un hombre anclado en la política de Suárez —muy importante en su tiempo, irrealizable ahora— sea incapaz de ver algún aspecto positivo en nuestra generación, al fin y al cabo significamos su relevo, su final. Entre otras ridiculeces, nos echa en cara que Donald Trump se siente en la Casa Blanca, y en general una plural despreocupación por la política. Todo lo contrario, somos los dueños de las redes, y el señor Trump ha sabido ganar a sus votantes por esa vía, convenciéndoles —el nivel intelectual de los americanos medios ya no es nuestra culpa— si no lo cree, dígame ¿ha mirado usted alguna vez el Twitter de Sanders? Nos gusta estar informados en todo momento, tanto de política como del último vídeo viral que ha dado la vuelta al mundo, todo es comunicación y es el arma de esta generación. Probablemente también de la suya, siempre buscando un espíritu crítico, que créanme, hoy en día no es necesario para cambiar las cosas, ya es hora de dejar esos comentarios para la barra del bar y emplear los medios —la comunicación, valga la redundancia— para informar y conducir la crítica hacia un lado constructivo. Ya que, hasta ahora, no les ha servido de nada decir que "Rajoy es un inepto" o que "Pablo Iglesias es un populista". Acusaba usted que lo único que nos "importa es el número de likes, comentarios y seguidores", no sé si tanto como "lo único", pero le confirmo que el feedback es nuestra forma de saber lo que opinan otras personas de lo que nos preocupa. Con los likes comprobamos a cuánta gente ha llegado nuestra crítica —lo digo así para que lo entienda, pues puede verse como una fotografía, un texto o incluso un meme— mientras que con los seguidores obtenemos la satisfacción de sentirnos admirados o al menos de saber que a alguien le interesa tu crítica. Por último, los comentarios son la respuesta más directa, la forma de desarrollar con nuestros seguidores la crítica plural que tanto les cuesta alcanzar a ustedes. Su artículo no ha sido más que un comentario al selfie de su periodismo de tinta y papel, que por otra parte tanto he admirado. No se preocupe, estamos en otra transición y le entendemos, así que creo que durante unos años puede haber café para todos.

Letrero que le recibe a uno en la Universidad Autónoma de Madrid

lunes, 5 de junio de 2017

TODA PAGLIA EN UN TUBO



Si alguien combinase alguna secuencia especialmente peleona de esta película





con esta canción de la Gioconda más cachonda






lograría la síntesis perfecta del mundo de Camille Paglia: entusiasmo e ironía, excesos fellinianamente premeditados y melodrama desgarrador, lo apolíneo y lo dionisíaco en moebiano combate... Porque, si nos zambullimos en la mirada miope de Monica Vitti (nunca la miopía fue más carismática en la pantalla, salvo en el caso de Michael Caine) y la entreveramos con esa drag queen leonardesca conocida por Mina, feroz, tierna, sobreactuada desde el cálculo y la alevosía, y, ya dije, fellinianamente bufa sin caer nunca en la irrelevancia de tantas bufonadas no fellinianas, todo el torbellino de sexual personæ y vampiras tramposas se amalgama en una sola criatura. Blasita la Modesta con reflejos de todos aquellos iconos pagliescos que a mí me dejan frío (Streissand, Ciccone, a la cabeza) y que se enanecen/subsumen hasta lo indecible ante la sonrisa enigmática entre la coña, la seducción y la altivez de la Tigresa de Cremona.

Y concluyo con este impagable duet entre Mina y una Paglia disfrazada de Celentano (¿o era a la inversa?).



martes, 30 de mayo de 2017

VENIRSE ARRIBA (toda Paglia en una cita)





So my motto for men is going to be this, "Get it up!" That's my thing. "Get it up!" And now my motto for women: "Deal with it."





martes, 2 de mayo de 2017

UN SUEÑO MECHADO (como la carne)



Una pareja hasta hoy insólita en mi onirosfera: Arthur Miller y Marilyn Monroe. Pero en un sueño, como éste, moebiano (atravesado de entreveros, vetas, venas, mechas, paradojas, machihembrados y sinuosidades yinyanescas) la pareja (cuya identidad me iba calzando de manera fluctuante, con esa espontaneidad osmótica tan propia de la no vigilia) parecía alérgica a estereotipos: así, el escritor emanaba tomatosidades dignas de Foucault (como si sus brujas, más que de Salem, fuesen de Saló -del Saló pasoliniano, se entiende-) y la estrella, sin embargo, sorprendía con su recato (un recato turulato, autista, con un punto a lo Norman Bates -ese recato que Norma Jean mostró en su película más autobiográfica, NIEBLA EN EL ALMA, tan poco valorada por el mundo y tan apreciada por mí-). Paseábamos una y otra vez (¿preludio o consumación de algún clímax?: una de las tantas incógnitas del sueño...) por un paisaje portuario, muy del mundo de la estiba, que asocié con la novela por la que entré a comienzos de los 80 en el mundo de Mishima (esa novela que cierta actriz británica con cara de payaso y dada a torrideces encarnaría en la pantalla). Caía una lluvia ambarina (no sé si regalo travieso de Danae o eco de la sobredosis de fluidos que conlleva tragarse todo un maratón de HOUSE como el de este puente, tan pródigo en cuñas, goteros y bañeras -o tal vez eco semántico de la minisaga a lo ALL THAT JAZZ de la muerte de la Zorra Implacable, fugaz pareja entre arcángel y mantis del sufrido Wilson, amigo/¿conciencia? del indomable galeno-). De pronto, en nuestra interminable paseata, nos sorprendió sobre un túmulo de redes un grupo de parcas preparando pulpo con tijeras. Oreaban su concentración eventualmente mirándonos con torvedad y malicia, como dejando en el aire si su instrumento de trabajo era signo de tribadianos gozos o de sombras de castración y censura. En ese momento, la sirena de un barco (en la dimensión vigil, el resoplido del bus que para frente a mi casa) me despertó y me quedé un par de horas más de duermevela bajo el edredón, rumiando lo soñado. 



martes, 18 de abril de 2017

SOÑANDO CON LA ¿HIJA? DE MANCINI




En un club náutico. Me han hecho una entrevista para un periódico marbellí y esperamos a la fotógrafa para consumar el reportaje. Al rato, aparece. Sumamente bronceada y vestida como en un picnic technicoloreado de los 60 (jersey fino y azul mahón de cuello alto, pantalones a rayas rosas y blancas de tela, calzando bailarinas bermellón y con una cinta celeste en el pelo a modo de diadema). Se me presenta en consonante, como Jeanie, la hija de Henry Mancini. Sus facciones me hacen pensar primero en la protagonista de VERANO DEL 42, después en la Paula Prentiss de SU JUEGO FAVORITO y, como retrogusto final, un toque ateneico a lo Sela Ward (esa actriz con aire de Jana Escribano que ha encarnado a la ex de House y a la Jo -nombre ciento por ciento ateneico- de CSI NY). Mientras me dispara desde diversos ángulos, le comento cómo hay dos melodías de su padre que de manera automática siempre me estimulan la próstata lacrimal, MOON RIVER (con la Hepburn tocando/maullando lánguidamente en el balcón) y NBC MISTERY MOVIES (que me obliga a recuperar mi querencia preadolescente por el comisario Mc Millan y su pizpireta esposa, esa familia incestuosamente soñada cuando mi realidad cotidiana hacía aguas por todos los flancos). Le digo que su presencia y atuendo me huelen sinestésicamente a Donen (más concretamente, a momentos de DOS EN LA CARRETERA) y ella se ríe entre gaviotas y me besa con tal intensidad que me instala en su premolar izquierdo, con ecos en su aliento (la sinestesia se mantiene) de nata y fresas. Yo comprendo en ese momento que estoy soñando (en mis horas de vigilia nunca me han besado así) y que, por esa misma comprensión, el sueño profundo dará paso a la duermevela y, luego, al olvido. Y eso me angustia. Trato de archivar el momento en mi castillo de los sueños recurrentes y de recordarme que, más tarde, debo de comprobar en el Google si Mancini tiene una hija así. De tenerla, lo mismo quiere decir que aún no he despertado... Esto es, que sigo vivo.


sábado, 8 de abril de 2017

TV



En este ciclo informal que inicié no hace mucho por estos pagos con entradas inspiradas en ALGO QUE VI EN LA TV, hoy no quiero pensar en la liturgia epifánicamente pródiga en significados sino en el vacío, en ese vértigo nihilista de un mundo posthumano con la televisión puesta. Una televisión que nadie ve pero que nunca se apaga. Nadie como Baudrillard para transmitir esa impresión.


"The obsessive fear of the Americans is that the lights might go out. Lights are left on all night in the houses. In the tower blocks the empty offices remain lit. On the freeways, in broad daylight, the cars keep all their headlights on. In Palms Ave., Venice, California, a little grocery store that sells beer in a part of town where no one is on the streets after 7 p.m. leaves its orange and green neon sign flashing all night, into the void. And this is not to mention the television, with its twenty-four-hour schedules, often to be seen functioning like an hallucination in the empty rooms of houses or vacant hotel rooms - as in the Porterville hotel where the curtains were torn, the water cut off, and the doors swinging in the wind, but on the fluorescent screen in each of the rooms a TV commentator was describing the take-off of the space shuttle. There is nothing more mysterious than a TV set left on in an empty room. It is even stranger than a man talking to himself or a woman standing dreaming at her stove. It is as if another planet is communicating with you. Suddenly the TV reveals itself for what it really is: a video of another world, ultimately addressed to no one at all, delivering its images indifferently, indifferent to its own messages (you can easily imagine it still functioning after humanity has disappeared). In short, in America the arrival of night-time or periods of rest cannot be accepted, nor can the Americans bear to see the technological process halted. Everything has to be working all the time, there has to be no let-up in man’s artificial power, and the intermittent character of natural cycles (the seasons, day and night, heat and cold) has to be replaced by a functional continuum that is sometimes absurd (deep down, there is the same refusal of the intermittent nature of true and false: everything is true; and of good and evil: everything is good). You may seek to explain this in terms of fear, perhaps obsessional fear, or say that this unproductive expenditure is an act of mourning. But what is absurd is also admirable. The skylines lit up at dead of night, the air-conditioning systems cooling empty hotels in the desert and artificial light in the middle of the day all have something both demented and admirable about them. The mindless luxury of a rich civilization, and yet of a civilization perhaps as scared to see the lights go out as was the hunter in his primitive night. There is some truth in all of this. But what is striking is the fascination with artifice, with energy and space. And not only natural space: space is spacious in their heads as well."



viernes, 7 de abril de 2017

L MENTAL



"On the aromatic hillsides of Santa Barbara, the villas are all like funeral homes. Between the gardenias and the eucalyptus trees, among the profusion of plant genuses and the monotony of the human species, lies the tragedy of a Utopian dream made reality. In the very heartland of wealth and liberation, you always hear the same question: ‘What are you doing after the orgy?’ What do you do when everything is available - sex, flowers, the stereotypes of life and death? This is America’s problem and, through America, it has become the whole world’s problem."

Sigo con Baudrillard. Ayer le comentaba a una amiga que mi idea de orgía anda más cerca de LA GRANDE BOUFFE de Ferreri que de L'ORGIA de Bellmunt. O de los trances berninianos de Simone Weil cuando entonaba cual mantra crístico el LOVE de Herbert. O de mis ensoñaciones envidiosas de Holmes (el Holmes de ELEMENTARY) en ese maravilloso caserón tan gore(con y al final) disfrutando (arropado por el recuerdo de Moriarty -recuerdo de doble filo pasado por la cheira-) de su coyunda neuronal con esa Watson de ojos rasgados, de su amor griego (esto es, docente y carnalmente suspenso) por su pupila gótica y de su relación espástica (entre el Skype y la cama) con su novia autista, interactuaciones que lo preservan de un anteayer echado a perder por los derroteros de la droga dura. 


Orgía para mí es iluminación y no embotamiento, trampolín de trascendencia y no de banalidad, ejercicio de inocencia (esto es, la perversión definitiva), neuronas rimando con hormonas (las unas Y las otras: no se admite la disonancia porque sería caer en los terrores de Lovecraft subsumido por una iguana de las Galápagos con gesto de Belén Esteban), madres abadesas dándolo todo a su rey pasmado y a sus ninfas/novicias en tanto se oye a lo lejos (en espacio y en tiempo) a Enya o a Vashti, profilers de Quantico (camufladas como putas de MENSA -el mejor cuento de Woody Allen, por lo que tiene de presagio de ELEMENTARY-) departiendo con Hannibal Lecter en un club inglés (sobre, por ejemplo, la quête de Lawrence en busca del arcoiris -¿de qué Lawrence?: los dos me valen en su complementaria contradicción moebiana-). Orgía es conciencia de la muerte para mejor paladear lo vivo del instante (esto es, del eterno presente). Orgía, en definitiva, no es sino Cirlot invocando a Bronwyn.

"Ten fe en tu pensamiento
de siquiera un momento."

martes, 4 de abril de 2017

LITURGIAS EN LA PANTALLA


Ayer me volví a ver EL COLECCIONISTA DE HUESOS. Vuelvo a esa película con precisión litúrgica, indesmayable. Deben de ser ya diez las veces que nos hemos reencontrado, como un sueño recurrente, del que no apetece despertar. Y luego miro a la realidad y una vez más me asombro de la distancia sideral que hay entre su héroe encallado y, por ejemplo, un Echenique y su minga... 

Me ocurre también con otras cintas ese vértigo centrípeto, gravitacional, incluido el abismal contraste con los reflejos invertidos que nos depara el mundo de la vigilia, fuera de la pantalla, abiertos los ojos a la ceguera cotidiana. Así, con NETWORK: ¿qué tiene que ver Howard Beale, ese Cristo de los media que también Carlos Tena recordó en la barra lateral de su blog, con, por ejemplo, un Nacho Escolar o un Wyoming o un Evolé? O aquella rareza de WONG FOO de título interminable: ¿hay alguna relación, salvo la de los contrarios irredentos, la de Cristos y anticristos, entre la ponderada y justiciera Vida Boheme y es@ Cassandra hoy al borde de la canonización y cuyos twitters convierten los rugidos más feroces de Céline en florecillas de Asís?

Escribí una vez, para un libro que quizás sólo se publique cuando la diñe, sobre el cine como mi misa particular. Supongo que lo llevo en mi adn: si mi madre tomaba siempre algún momento (la Liz Taylor de ¿QUIEN TEME A VIRGINIA WOOLF?, la Vivien Leigh de UN TRANVIA LLAMADO DESEO o esos arranques ponzoñosos de Bette Davis que obligaban a apretarse los cinturones) como apunte escénico para sus posesiones demoníacas, yo también me siento rehén, gozoso rehén, de tal o cual liturgia fílmica que me limpie por un rato de esta realidad DE MIERDA.