domingo, 10 de diciembre de 2017

LA INFANCIA RECALENTADA


Sí. Justo. Como la cena de los Golpes Bajos...

Releía el primer volumen de PASADOS LOS SETENTA en la cama. De pronto (cosas de la edad), me sorprendió una desagradable cabezada.

Me topé con un cuadro navideño viviente. En lugar del niño Jesús, se apesebraba en su cunita un anciano. Pero no el tópico Mickey Rooney "lácteo": esta vez era más bien ese José Luis López Vázquez (EL JARDIN DE LAS DELICIAS, LA PRIMA ANGELICA) que asoma anacrónico dentro de sus recuerdos más infantiles tiñéndolos de entropía.

A un lado de la cuna un corderito lampiño (como el feto milenario de CABEZA BORRADORA) se arrimaba y le daba calor (un calor húmedo, asfixiante, con mucho de esas selvas primigenias plagadas de insectos gigantes). Al otro, a guisa de buey, un Victor Buono búdicamente encuerado tocaba en un pianito de juguete fragmentos de la banda sonora de aquel anticlimático grand guignol de Aldrich (su postura agachadizamente concentrada me hizo pensar en una versión metastatizada de cierto personaje de CHARLIE BROWN). 

Yo trataba de recordar el topónimo con el que se suelen denominar estos cuadros navideños. Sonaron unas campanas a lo lejos. Entonces lo recordé.

Nada más hacerlo, los cielos se levantaron, las avecillas cantaron y me encontré junto a la Puerta de Alcalá. Jünger y señora (doña Taurita la archivera) estaban colocando (en contra de la voluntad laicoránica de la munícipe madrileña) un pequeño belén al lado de otros muchos. Me fijé en la cara del niño Jesús: tenía algo, en su inocencia bigotuda, del Alfredo Landa de TATA MIA. Esto me produjo una sensación de bienestar y, abriendo los ojos, continué con el crucero por el Indico del Anarca y su archivera. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

SOÑANDO A NINGUNA PARTE


Soñado hace unas horas:

Mi sufrida camita adoselada de libros se había transformado en cuna gigante (como propia de un Mickey Rooney tirando a lácteo) desde la que contemplaba cómo los exiguos límites del tonel diogeniano en que resido se volvían amplios espacios de mansión campestre (de ésas en las que Julie Andrieu suele culminar sus gastrotours). 

Lidia (la impenitente urdidora de realidades imposibles que glosaron Xenius y Dalí), travestida de Mary Poppins y con una expresión fogosamente resignada (que asocié con una Mª Luisa Merlo encarnando a Emma Bovary), al meloso susurro de "AQUI VIENE EL PRANDIO...", se aproximaba empujando una mesita con ruedas en la que destacaba un descomunal bol rebosante de libritos de Azorín (libritos aún no leídos por mí, de los que sospecho se ocultan en las librerías de lance ante las que paso de largo -como Warrick Brown ante las mesas de juego- porque en mi estado de racionamiento perpetuo, mis únicos nanolujos los reservo para mis visitas rotatorias a los super del barrio). Cogí un volumen dispuesto a hincarle la pupila y, de pronto, un Edward Gorey disfrazado grotescamente de paguro sin concha, berreando fuera de sí "MALDITO USURPADOR, ABANDONA MI LECHO!!!!", me bombardeó con gatitos tabby a guisa de proyectiles. Al poco, completamente cubierto de ronroneos, tibiezas y lametones, no pensé ni por un momento en salir de la megacuna sino que me fui arrellanando, adormeciendo y emperezando hasta quedarme frito dentro de mi propio sueño.

Pseudodesperté en un tupido bosque como de anime nipón de esos que tanto fascinan a Madame Byblos. Ella, con el look que luce en su avatar de Facebook (cabello al vino -blanco-, kimono y su aguzado pintalabios/boquilla convertido en vara de bambú), encaramada en la salamandra gigante de rigor, me golpeaba metódicamente en la coronilla con la citada vara mientras tarareaba sin mover los labios la canción final de EL VIAJE DE CHIHIRO. Yo, desconcertado con la situación y supongo que influido por la melodía, acabé montándome en ese tren que no lleva a ninguna parte.

Como siempre, un frenético Holmes transmutado en ganas de pipí me obligó a abrir los ojos.

jueves, 28 de septiembre de 2017

ENLAZANDO "EL IDIOTA DE LA FAMILIA" (comienzo idéntico al SAN GENET: niño crecientemente anómalo a los ojos de quienes lo tutelan) CON UNAS ULTIMAS IMPRESIONES EGOTISTAS A PROPOS DE LA GENEALOGIA DE GENET



Leyendo la dicotomía genetiana entre su origen urbano (de nacimiento y de institución adoptiva) y el rural de su familia de acogida, yo pienso en la dicotomía entre las dos ramas de mi familia materna (la única que conocí), la mesocrática con afanes arribistas (siempre preocupada por el qué dirán) y la aristocrática venida a menos (decadente, sureña -en el sentido más "confederado" de la expresión-, siempre ajena al qué dirán -por considerarlo de manera instintiva la opinión de los inferiores-). La mesocracia me acoge/tolera/soporta (esto es, tolera a duras penas porque el cachorro de animal dudosamente doméstico, cuando crece, se hace intolerable). La aristocracia, con su locura (psicopática en el peor de los casos -y el más genealógicamente cercano-, joseantonianamente quijotesca, mañarianamente libertina, anglomaníacamente excéntrica), simplemente me indica que eso es "lo mío", mi herencia ineludible, que enlaza de algún modo con la impronta adoptiva, primitiva, preburguesa, aldeana y aún no digerida por la mesocracia que la sucedería (en caricatura, hay películas de Martínez Soria que reflejan esto con cierto tino; y sin caricatura, hay también mucho del señor Cayo y otras imágenes delibianas de la dignidad de la aldea frente a la megaurbe), la impronta de las ancianas que me criaron y que se fueron de este mundo cuando yo aún no tenía cinco años.


 






miércoles, 27 de septiembre de 2017

SAN GENET: CONCLUSIONES


San Genet es la malévola réplica sartriana a la promoción que Camus hace de Simone Weil y al retrato platelminto que hace Céline de quien en su momento lo despachó en cuatro líneas que contrastan con esta prolija defensa de alguien inversamente gemelo de LFC (en el libro de Leguina sobre Destouches esto queda aún más patente). En buena medida, Genet, monstruo recuperado en su inocencia de monstruo, es útil para encajar y santificar las oscuras malicias de su recuperador. Quienes han pretendido heredar a Genet sin pasar por su via crucis, en realidad, heredan más al Sartre retratista de Genet.

Weil y Céline, ambos cátaros. Genet, a su manera paradójica, también. Sartre, para nada... 

Leer el discurso de Barrés a favor de la pena de muerte (incluido como apéndice en el SAN GENET) y recordar la traición/linchamiento del ojo pipa contra su trepanado ex/referente de estilo da pie a una incontenible espiral de sarcasmos. 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

GENET PRET A PORTER



Las divinas que han "heredado" a Genet (o sea, casi todas las que se dedican a la creación literaria o audiovisual), en realidad, no reencarnan a éste, sino más bien lo vampirizan y usan a su conveniencia (como hacía Jame Gumb con las gordas): lo inició Sartre desde su asexualidad platelminta en su prolijo libro sobre la Santa Ladrona. Uno piensa en la aventura de Truman Capote con A SANGRE FRIA (tal vez la más lograda aproximación a Genet tras Sartre, planteada con la misma sinuosidad que éste, pero desde la hormona visionaria más que desde la neurona analítica) o en las viñetas de Nazario (el ¿Genet? sevillano -tal vez el más cercano plásticamente a las pajillas de JG, como puede comprobarse sobre todo si se echa un ojo al mediometraje UN CHANT D'AMOUR-) o en la oscura fecundidad de Fassbinder (que incluso adaptaría una obra de Genet, QUERELLE, y que supera al propio Genet en crueldad demiúrgica, tal vez por ser menos femenino que Genet o, mejor, por emanar un eterno femenino más terribile que debole: siempre me ha chocado esa mirada intercambiable de Fassbinder y Ulrike Meinhoff, que me llevó a soñarlos como una variante del BLOODY MAMA cormaniano, con Fassbinder, criminal con ínfulas de cineasta progresivamente deteriorado a lo FWN, y la Meinhoff como su devota hermana que se dedica a cuidarlo y a asaltar cuarteles de la OTAN entre limpieza de babas/cacas/meaos y preparación de las comidas/potito -a RWF dediqué unas cuantas páginas en mi e-book PANTALLA ZURDA-) o en la camaleónica trayectoria de Bowie (lo más cercano a la Divinidad -con mayúscula- desde la belleza tórridamente gélida, algo que sospecho habría llegado a provocar la misma envidia en Genet -Bowie frustrado por su imposibilidad de ser cool y no meramente cul- que éste provocaba de manera más turbia en Sartre, el envidioso vocacional). ¿Y qué decir de Mishima? (más genetiano que nunca en su femenina novela MUSICA y a cuyo final yo dediqué una glosa, EN BUSCA DEL SOL, dentro de este batiburrillo).

Porque JG (como Eduardo Benavente, su gemela antimateria -por aquello de preferir la acción a la pasión-, que interpretó aquello tan genetiano de QUIERO SER SANTA) nadaba sin guardar la ropa. Las divinas que pretenden "heredarlo", sí.




miércoles, 23 de agosto de 2017

DE HEROES Y SANTOS



"...This means that they wanted to act like their great men in order to become similar to them. Genet does not dream of imitating. On the contrary, he is convinced that an imitation, even if one goes all the way, is a truthless aping. One must incorporate the heroic substance into oneself, and there are only two ways of doing so: cannibalism and the rites of possession..." (SAINT GENET -fragmento del capítulo: FIRST CONVERSION: EVIL-, ensayo biográfico por J.P.S.)

Leyendo párrafos como éste me acuerdo de mi daimon de preadolescencia NICOLAS SICODELO, mutante diabólico (nunca membrillesco como Charles Xavier y los jovencitos que apacenta), y de su sombra alargada hasta el minuto de hoy, en otros ejemplos oscuros de santidad y heroísmo, caso de mi psicoterapeuta de cabecera, o de ese profesor de autoescuela que me depararon Ballard y Cronenberg, o de mi(s) médico(s) de antifamilia o de mi vampirita de la guarda. Sin olvidar mi Respeto mayúsculo por el Putin Amo, el gobernante que mejor encarna tal concepto (aunque su percepción por los propagandistas rusófobos occidentales fuese rebajada en su tino a causa de su unidimensionalidad maniquea, incapaz de moebianizar el asunto en su justa e inextricable complejidad). 


domingo, 20 de agosto de 2017

ME TIRE POR VOS



En pocos meses me he vuelto a topar en tarde maratoniana de HOUSE con ese momento apoteósico (cuestión de gravedad over the pool) seguramente inspirado en otro momento apoteósico vivido por el rockero bonaerense Charly García. Me fascina aunque no me proponga emularlo (tengo vértigo y miedo a los chapuzones -por la parafilia de mi madre con las ahogadillas a su hijo unigénito-). Coincide este reencuentro con la lectura de una traducción inglesa del SAN GENET de Sartre deparada por una buena amiga de Facebook (buena amiga: esto es, sin rintintines, interrogantes ni entrecomillados): por lo que llevo leído, interesante inmersión en ese deporte de los "normales" (esas almas de pelo a cepillo que, en su fuero externo -como aquellos serpicosos "sociales" de Franco y el coronel San Martín-, si el zeitgeist toca fondo, pueden lucir coletas y barbas y demagorrea biodegradable sólo apta para adictos al autoengaño), deporte que consiste en erradicar la Otredad como destino irreversible cuando el sujeto, trágicamente, y por buena disposición que muestre al vasallaje, no sabe seguir el compás c-o-r-r-e-c-t-o. Si las tornas formalmente se voltean (lo dicho hace un momento sobre la serpicosidad de las gentes "de orden" cuando la coyuntura lo exige), el sujeto genuinamente Otro seguirá siendo rechazable y erradicable por los genuinamente filisteos. También, en esta lectura, hay ecos en común con Genet de esa losa sutil como lo que supone vivir "de acogida" bajo la sospecha de un padre desconocido y una madre... en el caso de Genet, supuestamente maldita por razones morales, y en el mío, realmente gafe por problemas mentales: de una breve edad de oro en los primeros años con la impunidad de la condición cachorra se pasa sin vuelta atrás a ser sospechoso habitual (Genet, con el marchamo indeleble de ladrón infantil; y yo, reexpedido a unos parientes "de acogida" con el marchamo de un psiquíatra, en mi dudosísima ¿calidad? de hijo de perturbada, creativo, sí, pero un tanto anómalo e incapaz de seguir el compás c-o-r-r-e-c-t-o -condición que me ha acompañado toda mi vida y que hoy aún mantengo, como última y recochineante ironía, para la gran mayoría de mi ¿familia? de FB-).   

Qué calor. Ya que tengo vértigo, miedo a los chapuzones y mis veleidades de virgen suicida tiempo ha que se ago(s)taron, aprovecharé este paréntesis en el maratón de HOUSE para prepararme una ensalada mariñeira de arroz con bonito, algas y tomatitos cherry.





miércoles, 9 de agosto de 2017

GASTBY



Ayer pusieron por La Sexta una nueva versión de EL GRAN GASTBY, en plan fantasía musical pamplinera (que asocié con la MARIA ANTONIETA de Sofía Coppola, paradigma de lo pamplinero). No la acabé. Leonardo Di Caprio se había vestido como Robert Redford y el traje le estaba grande (Di Caprio -como Jorge Sanz, Michael J. Fox, Gabino Diego o Edward Furlong- nunca crece, sólo se viste con trajes de sus padres, de sus abuelos, y la cosa queda paródica, a veces entrañable, a veces grimosa -sólo cuajó como Howard Hughes, pero fue por la extrema inmadurez de este sujeto, congelado emocionalmente en la niñez-). La grandeza mitológica con que Coppola apuntaló a Gastby en el film de Jack Clayton (lo había hecho ya con Patton para Schaffner -director ducho en mitos con EL SEÑOR DE LA GUERRA y la primera entrega de EL PLANETA DE LOS SIMIOS-) aquí no se percibía por parte alguna. Esa cordialidad trasmundana que emanaba de Gastby a su vecino, como de un dios triste (magnate crístico y luciferino a la vez), y que siempre me pareció troquel en que se inspiró Lynch para el trato afable con que el agente Cooper se vuelca para con los lugareños de Twin Peaks, aquí era histrionismo torpe de un párvulo en función de teatro infantil. Había algo puerilmente chillón, "potteriano", como de cuento fallido. Pienso que ese mismo enfoque, dirigido por Tim Burton y con Johnny Depp de Gastby (Depp, síntesis maestra de la infancia que madura destilándose en misterio melancólico -pienso en CHOCOLAT, sea a la francesa o con Willie Wonka, o en aquel sufrido hijo de madre megaobesa que ha de cargar a sus espaldas con todo su entorno rural, o en Ed Wood, o en el papá de Peter Pan, clave maestra de todo Depp-), tal vez habría cuajado como realidad alternativa pero válidamente carrolliana a la versión primera con Redford. 

Ultima pregunta: ¿qué habría pensado Scott Fitzgerald de todo ello? (¿quizás, de haber vivido más y haber llegado a otear los años que en esta entrada se tocan, habría planteado una adaptación mucho más oscura, con un Robert Aldrich lúcido y cruel dando forma a Gastby a la maniere grandguignolesca de Lylah Clare? -¿no se hizo esto de algún modo, no es Lylah Clare, esa intersección de pura carne y puro misterio que tan bien supuso Kim Novak desde PICNIC, una realidad paralela y transexuada de Gastby, de un Gastby que no muere súbita e injusta, camusianamente, como mito sacrificial, sino con la morosidad sórdida del Hollywood real, ese que nunca muere, porque siempre camina muerto en aporía sobre su propio vómito?-). 


jueves, 29 de junio de 2017

MIS ANGELES Y DEMONIOS TELEVISIVOS DE INFANCIA



Cierta polémica reciente provocada por uno de los hijos del cuñado de Franco (Jesús) a propos de cierta escritora "amiga de los niños" me ha llevado a pensar en las presencias de la tele que me deprimieron o lo contrario en mis años más mozos.

Debo señalar que mi cronología infantil estuvo tristemente marcada por programas "para niños" que, muchos años más tarde, podría resumir en las asechanzas del senecto Herbert en torno a su deseado Chris Griffin. Un despliegue geriátrico que, con impostada impostura, pretendía seducir al pequeño Zurdito y sólo le provocaba grima y sospecha. Había algo turbio, como de torpe paidofilia con olor a pis rancio (vamos, puro Herbert): aquellos primigenios Boliche y Chapinete (siempre asocio al primero con el frenético Quique Camoiras y, al final, de tan sepia que están en mi memoria, los acabo entremezclando con secundarios del cine costumbrista de la época -Manolo Morán, Félix Fernández, José Orjas o ese relamido jefecillo de ATRACO A LAS TRES que caso por su fruncido mohín de boca con el Marías generador de la polémica que da pie a esta entrada- y así casi los redimo de su mal rollo), aquellos vieneses absurdos como gárgolas emanadas de EL TERCER HOMBRE (Franz Johann, Gustavo Re y la dragonlady Herta Frankel con sus espeluznantes marionetas), el tío Aquiles de LOS CHIRIPITIFLAUTICOS (rodeado de elementos más jóvenes pero no menos bizarros, como el tardígrado Locomotoro -preludio en lelo de aquel inefable Carlos Iglesias que sí me causaría adicción varios evos después con sus dos creaciones magnas, el "orgulloso" Pepelu y el hebefrénico Benito Lopera-, la didáctica Valentina -ya anticipando su destino final como voz avisadora de las estaciones en el Metro madrileño y que en su sádica y ¿cordial? asexualidad con algo opusino parecía una Rottenmeyer entreverada con la institutriz de los retoños Trapp- más el jovial capitán Tan -casi el que menos horror me producía: con su aire de joven funcionario desarrollista disfrazado de explorador, me resignaba a que, si alguno de esos espectros tenía que estuprarme, lo hiciese él-), a lo que añadir la escritora de marras "amiga de los niños" (que, con su impostada simpleza y sus enormes hechuras, asociaba a una versión psitaciforme del pájaro dodo y también al actor Fernando Sancho -de quien por un tiempo la creí hermana o similar, por aquello de los parecidos razonables-).




Reconozco que, en materia de senectudes, yo ponía el listón muy alto: mi impronta (que diría Konrad Lorenz) la marcaron las dos ancianas que me criaron (mi bisabuela Manuela y su hija mayor, mi tía Pepa, agudas, nada seniles, muy jóvenes de espíritu, que aún hoy me resulta difícil concebir como "viejas" -y que, por ello, siempre vuelven a mi recuerdo cuando releo o reviso en una entrevista a Rosa Chacel-), y algo más tarde otro joven eterno (mi despepitado abuelo Joaquín, con mucho del Arturo Fernández de TRUHANES y algunas gotas del simpar torero Juncal hibridado con el dandy César González Ruano, siempre coqueto y seductor, y pródigo en anécdotas extremas entre lo hipocondríaco, lo mañarianamente procesional y lo gallardo), a lo que añadir esas dos camisas viejas (¿tal vez las llegó a conocer nuestra escritora "amiga de los niños" en sus años por la Sección Femenina?) de curtidas facciones de piel roja, laconismo militar y una profunda ternura latiendo dentro (mi randiana y naturista tía Carmela con su aire a lo Stewart Granger -de la que, con unción, ya he hablado en papel y en la peli del sr Pinzolas- y la directora de mi parvulario, la carismática Mª Dolores Galvarriato, hermana de la musa de Pedro Salinas -con algo reciamente medieval en sus facciones y talla, a cuyo lado la sufrida hermana de José Antonio siempre me pareció una bayeta mojada-). Lo más cercano a estas improntas que me deparó la tele no me lo dio la programación infantil sino los dramáticos (NOVELA, ESTUDIO 1...) donde presencias como la ominosa Cándida Losada o la elegante Irene Gutiérrez Caba o las pizpiretas hermanas Muñoz Sampedro o las magníficas estantiguas Carmen Carbonell y Amelia de la Torre sacaban el Harold que hay en mí en busca de su Maude.




Ancianidades aparte, mis visiones del estupro como paliativo de la orfandad en que, a partir de determinado momento, se encalló mi corazón (aún más tras colgarme por un tiempo con las lecturas de Dickens) las nutría en mis deseos de ser adoptado/raptado por un Phileas Fogg con cara de David Niven o por el matrimonio Mc Millan (tan exactamente adecuado a mi perversión polimorfa, mi primer objeto de deseo televisivo tras Wilma Flinstone -versión bidimensional de Deborah Kerr-) o incluso por el decadente y canoso Banacek (lejos aún de la tebeística épica que lo encumbraría al frente del EQUIPO A). Estos ensueños me alejaban de las repelencias herbertianas ya comentadas de los espacios "para niños" y de los desagradables encuentros con tal o cual paidorro (siempre en el mismo sitio, cerca del Canal, donde la torre de agua y frente al cuartel de bomberos, junto a la antigua boca de Metro de Ríos Rosas) que, al volver del colegio entre el 71 y el 72 (aún no había acabado de pegar el estirón ni engrosado el cristal de mis gafas y debía de conservar algún resto de mis encantos prepúberes a lo Audrey Hepburn) se me echaban encima a la anochecida (uno de ellos, componente de cierto combo musical muy popular a la sazón por sus adaptaciones pop de canciones de la postguerra -de esas que un lustro más tarde desempolvaría Patino-). Llegaba a casa estresado y mi mente se elevaba acunada por las canciones recién descubiertas de las Vainicas o de la Bonet o siguiendo las peripecias de aquellas magníficas series detectivescas de la NBC. Rosa Chacel (la apolínea -como la definiría Jiménez Losantos en uno de sus momentos más felices-) se había asomado a mi vida no mucho antes a través de la lectura malagueña (en casa de mi tía Cari) de su novela TERESA pero aún faltaba tiempo para caer rendido a sus plantas (cuando se me transfiguró allá por los últimos 70 con sus turgentes MEMORIAS DE LETICIA VALLE y DESDE EL AMANECER).




Fue justo por entonces cuando un espacio infantil no me pareció insano y repugnante sino cabalmente adecuado a lo que es un niño (esto es, un loco bajito -y, por loco, digno de respeto-, no un idiota manipulable al capricho baboso de gentes que no lo entienden en absoluto, por mucho que nos vendan lo contrario). Si no fuese por mi retardo emocional que me dejó para siempre en el umbral de los quince años, podría decir que se me pasó el arroz cuando en TVE irrumpió SESAMO ST: pero nada más lejos (y mucho de lo aparecido por entonces en mis escritos y viñetas contraculturales da testimonio). Los monstruos peludos adictos a las cookies o a la docencia (Coco, ese piloso trasunto de filósofo peripatético), la pareja criptogayer Epi y Blas, el entrañable vampiro transilvano/pennsilvano, el MANA MANA, esos ecos de la alegría pillastre de Ken Kesey y su magic bus... Esas fueron para mí las auténticas presencias amigas de los niños. Sólo en cosas japonesas (anime -tanto series como largometrajes, caso de EL VIAJE DE CHIHIRO o LA PRINCESA MONONOKE- y alguna cosa de Kitano -su desmadrado CASTILLO DE TAKESHI o su lírica EL VERANO DE KIKUJIRO-) hallaría elementos audiovisuales que me transmitieran sensaciones parecidas de gozo y empatía, sin ver al fétido espectro de Herbert acechando entre las sombras.



lunes, 12 de junio de 2017

Eso lo será usted

Jugando a ser de "otra" generación
"Yo soy millennial porque el mundo me hizo así, porque usted no me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír". Parafraseando la mítica canción de Jeanette comienzo este canto a la rebeldía de los pertenecientes a la llamada "Generación Y", que el señor Antonio Navalón ha tachado en un polémico artículo de indolente y autista, entre otros apelativos con una extraña fijación en nuestra sordera (decía "¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen la función de escuchar?"). Antes de redactar este escrito me he planteado otra pregunta, ¿vale la pena construir un discurso para aquel que parece tener buen oído y se niega a utilizarlo? La respuesta era obviamente negativa, pero como él mismo siguió adelante no va a ser este millennial menos que él. Efectivamente nos gusta estar en la vanguardia tecnológica, hoy no he comprado "El País", pero gracias a las redes sociales he podido enterarme de esta puñalada por la espalda. Si pensaba el señor Navalón que estaba a salvo sobre el papel, debió prever el alcance de la nube. Los millennials solemos visitar al otorrino con la misma frecuencia que cualquier otro ser humano, perteneciente a la generación que sea, y puedo afirmar que en general tenemos el mismo oído fino y laringe crítica que el resto. El problema está en que nos preocupan aspectos diferentes a los suyos, un pequeño detalle que ha pasado por alto y que suele ser habitual en los cambios generacionales, que por cierto nos llevamos unos cuantos con el señor Navalón.

La nuestra es también la generación Harry Potter

Pero somos comprensivos, excepto por esa pequeña broma con su "Wikipedia" que espero nos disculpe, entendemos que un hombre anclado en la política de Suárez —muy importante en su tiempo, irrealizable ahora— sea incapaz de ver algún aspecto positivo en nuestra generación, al fin y al cabo significamos su relevo, su final. Entre otras ridiculeces, nos echa en cara que Donald Trump se siente en la Casa Blanca, y en general una plural despreocupación por la política. Todo lo contrario, somos los dueños de las redes, y el señor Trump ha sabido ganar a sus votantes por esa vía, convenciéndoles —el nivel intelectual de los americanos medios ya no es nuestra culpa— si no lo cree, dígame ¿ha mirado usted alguna vez el Twitter de Sanders? Nos gusta estar informados en todo momento, tanto de política como del último vídeo viral que ha dado la vuelta al mundo, todo es comunicación y es el arma de esta generación. Probablemente también de la suya, siempre buscando un espíritu crítico, que créanme, hoy en día no es necesario para cambiar las cosas, ya es hora de dejar esos comentarios para la barra del bar y emplear los medios —la comunicación, valga la redundancia— para informar y conducir la crítica hacia un lado constructivo. Ya que, hasta ahora, no les ha servido de nada decir que "Rajoy es un inepto" o que "Pablo Iglesias es un populista". Acusaba usted que lo único que nos "importa es el número de likes, comentarios y seguidores", no sé si tanto como "lo único", pero le confirmo que el feedback es nuestra forma de saber lo que opinan otras personas de lo que nos preocupa. Con los likes comprobamos a cuánta gente ha llegado nuestra crítica —lo digo así para que lo entienda, pues puede verse como una fotografía, un texto o incluso un meme— mientras que con los seguidores obtenemos la satisfacción de sentirnos admirados o al menos de saber que a alguien le interesa tu crítica. Por último, los comentarios son la respuesta más directa, la forma de desarrollar con nuestros seguidores la crítica plural que tanto les cuesta alcanzar a ustedes. Su artículo no ha sido más que un comentario al selfie de su periodismo de tinta y papel, que por otra parte tanto he admirado. No se preocupe, estamos en otra transición y le entendemos, así que creo que durante unos años puede haber café para todos.

Letrero que le recibe a uno en la Universidad Autónoma de Madrid