miércoles, 4 de abril de 2012

SAMPLES CORAZONESCOS 17

FLORILEGIO DE EDITORIALES



Creamos en la Revolución, sí, pero en la vigencia de su sustancia, no en los errores de sus epifenómenos: la rebeldía luciferina, el titanismo prometeico, la sabiduría templaria, la resistencia brujeril, sublimadas a través de disciplinas como la Ecología y la Antropología Social, marcan las pautas de la única actitud revolucionaria que tiene sentido hoy en nuestro mundo. La morralla materialista, economicista y biologicista, con sus millones de cadáveres y de alienados muertos en vida, con su colonialismo sempiterno, con sus fantasmas burgueses de utopías monstruosas, con su progreso elefantiásico y antinatural, se desprende como una piel muerta del meollo de la Revolución y cae por el sumidero de la Antiutopía.
Atajemos, ahora que todavía hay tiempo, la presunta irreversibilidad de esta Antiutopía incipiente. Reconduzcamos el tren por los carriles de la Raíz, para que nuestro Futuro, nuestra Voluntad de Actuación, crezca fuerte y se proyecte lo más alto posible.
Si «pactas poco» pero dialogas todo lo que sea menester, si crees en la concienciación y no en el energumenismo, si prefieres las realidades a los simulacros, si no te gusta equivocarte ni equivocar, si tu espíritu se siente más disconforme que cabreado, éstas son tus páginas. Se te espera. En «EL CORAZON DEL BOSQUE».


 
Por el hecho de su proyección socio-cultural, Europa es más que sí misma, que su estricta realidad continental: es América gringa y criolla, es Sudáfrica, es Australia y Nueva Zelanda, es el Oriente Próximo... Europa es ella misma y son los Otros: Europa es tan rehén como los Otros del colonialismo, del racismo, de la aculturización; Europa, raptada por Occidente (por su usurocracia, su guerra total, su materialismo, sus utopías lobotomizadoras), ha sido la primera y más oculta víctima de todo ello hasta casi desaparecer devorada por las horrendas mutaciones de la modernidad. La sangre indígena europea, hermanada en intenciones y respeto con otras sangres indígenas, mezclada con éstas en no pocos casos, no puede liberarse sola, no puede hacer su introspección de manera autista, sino contemplando la pluralidad planetaria en cada una de las épocas que modelaron el perfil humano del continente. Europa está en deuda con los Otros por la barbarie de Occidente pero lo está tanto como consigo misma. De ahí que la relación empática entre Europa y el mundo colonizado debe hacerse no en base a una dialéctica culposa sino a un lúcido egoísmo. La lucha por la identidad de los Otros es la lucha por nuestra identidad.
Europa se libera no en la violación de las mujeres de otras tribus ni en el exterminio de los infrahombres: el presunto espacio vital ganado con esos juegos no es más que espacio perdido de espíritu, de perspectiva, de señorío. Europa se libera en el aristócrata inglés que acaba llamándose «Caballo» y desposando a una princesa india, en John Huston cuando mezcla en desenfrenado vitalismo a Méjico con Irlanda, en el joven Marco Polo fascinado por la corte del Gran Khan, en Lawrence de Arabia, símbolo máximo del combate Europa vs Occidente al mostrarse como héroe europeo volcado a la liberación orgullosa de los Otros y como traidor a éstos por los lazos que le atan al establishment occidental.



El tipo humano al que se dirige esta publicación guarda en sí al lobo Lucifer y a la pantera Lilith. Es, pese a su ausencia de look transgresor, mucho más ajeno al statu quo que tanto fantoche presuntamente inconformista de tribu urbana. Su disidencia es ante todo metafísica incluso aunque él mismo no sepa que lo es. Su angustia ante lo imperante es demasiado grande para expresarse como algo a exhibir: de ahí que se vierta en diarios íntimos, en confidencias a unos pocos, en algún escrito (artículo, canción, poema) lanzado ocasionalmente a la luz pública (tampoco muy pública, ya que las obras de los lobos y panteras nada tienen que ver con los superventas), en una cierta magia en el aura exterior que solamente puede detectarse con los infrarrojos del alma... De pronto, en determinada coyuntura, estos hombres y mujeres inactuales, invisibles para la mayoría, comienzan a tomar forma mientras empalidecen como xerocopias de xerocopias los hasta entonces en candelero. Son los herejes y brujas que viven en paralelo a la corriente oficial de realidad y que, cuando esta realidad se resquebraja, adquieren peso y carisma incluso entre los espíritus poco sensibles. Entonces, los resortes esotéricos se hacen públicos, los duendes nocturnos ven la luz del día, los anarcas y emboscados lideran el Orden Alternativo.



«Lo importante es ver que de nuestro mundo se ha apoderado un aflujo nuevo y todavía indomeñado de fuerzas elementales. Bajo la seguridad engañosa de unos órdenes anticuados, que únicamente son posibles en tanto dure la fatiga, tales fuerzas hállanse demasiado próximas y son demasiado destructivas como para que ninguna mirada, ni siquiera la más tosca, pueda dejar de verlas. La forma propia de esas fuerzas es la anarquía; en los años de la así llamada «paz» la anarquía resquebraja volcánicamente, en focos ardientes, la superficie.
Quien aquí siga creyendo que con los órdenes de viejo estilo es posible domeñar ese proceso pertenece a la raza de los vencidos, una raza que está condenada a la aniquilación. Lo que de aquí resulta es, antes por el contrario, la necesidad de unos órdenes nuevos en los que esté incluido lo extraordinario -de unos órdenes no calculados sobre la base de la exclusión de lo peligroso sino engendrados por unos nuevos desposorios de la Vida con el Peligro.» (ERNST JÜNGER)



Cultura es acción. Cultura y acción. Conjuntamente. No en estériles disyuntivas, en falsos dilemas (la gran tragedia de nuestra inteligencia disidente, responsable en no poca medida de no haber logrado brindar en su momento a las almas españolas un sugestivo y sólido proyecto de vida en común que evitase el conflicto civil y la posterior degradación política franquista -de la que el actual felipismo no es sino herencia travestida con ropajes adversos-: la cultura, eludiendo la acción, acabó por dar la espalda a la palpitante circunstancia -como cierto poeta con vocación, truncada, de movilizador de pueblos habría de reprochar en su homenaje-, en tanto que la acción, desgajándose de la cultura, se movería trágica, compulsiva, barojianamente, hasta dar con sus huesos en una fosa común de Aravaca). En contraste, otros espíritus de fuera sí conjugan ambos conceptos y nos dejan una trayectoria ejemplar a seguir sin reproches en lo fundamental: el alemán que, desde textos como «Tempestades de acero» o «Radiaciones», elaborados a partir de la trinchera y el frente, alumbrará toda una pedagogía de la insurrección («El trabajador», «La movilización total», «La emboscadura», etc, etc); o el francés que nos mostró, desde su cadena de fecundos errores (fecundos por ser signo de audacia frente a los que jamás yerran por no darse, desde su cobardía existencial, la posibilidad de errar), entre novela y novela, entre poesía y poesía, todo un tratado del intelectual a caballo que busca y asciende en su búsqueda, sin importarle ensuciarse por el camino; o el japonés que supo arrancarse de la molicie decadente y nadar en todos los ríos, ríos que, desembocando en un fértil mar, concebirán la figura irreal pero posible (cuando los dioses vuelvan) de un Emperador Cultural hecho de fe, hecho de sol, hecho de orgullo.



Lo importante no es la búsqueda por la búsqueda sino el hallazgo como acicate para nuevas y superiores búsquedas.



Frente a los corazones tibios, desconocedores del magma genesíaco y de los cementerios helados, «EL CORAZON DEL BOSQUE» se dirige a corazones templados en la adversidad. Corazones dispuestos a alumbrar un realismo heroico desde la angustia que produce en algunas sensibilidades la obscena evidencia de lo establecido.
Nuestra iconografía es clara al respecto, alternando personajes reales y ficticios: en lo más hondo del bosque, junto a la expresión alucinada del cantor de la doncella Bronwyn y la omnisciente sonrisa del viejo Anarca, aúllan los lobos lamiendo el monólogo interminable del coppoliano Kurtz, alias Vlad Dracul, guerrero y sabio por haber visto y vivido más horrores que el resto; en plena madrugada, por las calles de la ciudad podrida circula el insomne taxista Travis rumiando su odio a la decadencia que otros celebran; en el cenáculo de un oscuro bar, Jim Morrison y Eduardo Haro Ibars, corruptores/contraeducadores de pubertades burguesas, sidas del Sistema hasta el último de sus días; y Drieu La Rochelle, redimiendo con su búsqueda constante de compromiso y sus suicidios cotidianos la banal condición de homme couvert de femmes, máscara tras la que se oculta (ahí sus confesiones últimas) el triste secreto de la impotencia; y, acunada por Tarantino y Stone, Mallory Knox, la asesina nata con fresas, Némesis quinceañera aniquiladora de hideputas mediáticos, diosa Kali que guarda bajo su justificadísima capa de furia las potencias eternas de la Mujer; y Mishima, siempre Mishima, navegando por todos los ríos con la noción de Imperio como brújula...
Iconografía incómoda la de «EL CORAZON DEL BOSQUE» si se la estudia con un mínimo de atención. No apta para prudentes, para cobardes, para enemigos del riesgo, para incapaces de vivir cada jornada como la última que depara el destino.
Cuando el entorno arrecia en su hostilidad, cuando las jaurías acosan con sus antiutópicos e inevitables dos minutos de odio, los corazones de acero templado se crecen en la decisión. La ruptura gana en voluntad e inteligencia. El compromiso afirma sus raíces. Si los pusilánimes buscan una manera elegante de abandonar el barco (o, al menos, de transformarlo en inofensivo yate de recreo), allá ellos.
Porque aquí seguimos. Unos cuantos. Locos. Raros. Lobos salvajes. Antisociales a los ojos del totalitarismo light. Ibsenianos enemigos del pueblo. Presentando un número más de «EL CORAZON...» palpitante y colérico. Contra la arbitraria censura de los cazadores de brujas. Agarrando por los cuernos el toro de la controversia. Y, si no, echad una mirada a las páginas centrales.
«EL CORAZON DEL BOSQUE» seguirá siendo incómodo. No un producto cultural para vitelloni que aguardan el Fin de Siglo amagando ademanes de disconformidad (para eso ya hay otros cantos y otras tripulaciones). Que nadie pretenda caer bien en los parties de los filisteos con esta revista. Nuestro puesto está fuera, junto al fuego, bajo las estrellas.



La tragedia: muchos se dicen «rupturistas» cuando no son en el fondo sino dóciles instrumentos al servicio del statu quo. Alimentan su presunta ruptura desde las mismas premisas de lo establecido. La realidad virtual y la lobotomización social que hoy imperan en el mundo no son sino los últimos hitos, los últimos monstruos del sueño racionalista, humanista, idealista, ilustrado, moderno, utopista, espejismo construido desde la soberbia de que los seres humanos valen más que el resto de cuanto les rodea. Los seres humanos, desde la soberbia, desde el abandono del mito y desde el desprecio a la naturaleza, no son sino una plaga, un tumor, que devora entrópico cuanto está a su alcance.
La verdadera ruptura se halla en cortar con el hombre ilustrado, en recuperar al animal que hay en nosotros (la memoria desde sus más remotos atisbos) para, reconciliándonos con el entorno prehumano, alcanzar el futuro de quien nos redimirá, el übermensch (si es que tal redentor llega a existir alguna vez). Muy pocos están dispuestos a dar el paso audaz y lúcido de reivindicar el mito frente a la utopía (cuando las utopías ya se están realizando todas en las secuencias anticipadas por Zamiatyn, Orwell, Huxley, Dick, etc) y de reflexionar sobre una de las escasísimas visiones antiutópicas con final feliz, el «Zardoz» del cineasta Boorman, tan semejante en su mensaje a los aullidos angustiados de D.H. Lawrence contra la progresiva desnaturalización del animal humano.
Los nombres que, en este tránsito de milenios, están más cerca de las Verdades Ultimas y que, desde la singladura corazonesca, tratamos de dar a conocer (nombres como Nietzsche, Jünger, Lorenz, Cirlot, Evola, Sorel, Thiriart y tantos otros) seguirán viéndose con reserva por muchos rupturistas rehenes de la alienación y el prejuicio. Y la paradoja: desde nuestra perspectiva, podemos también valorar a los más grandes pensadores y activistas de la izquierda revolucionaria como ya no pueden hacerlo quienes en otra época los monopolizaban. Porque la única vigencia futura que pueden tener tales activistas y pensadores reside precisamente en lo que hay en ellos de antiburgueses, de antimodernos, de antiescapistas, de vindicadores de Esparta. Esto es, de todo lo que, en la actualidad, les hace medularmente abominables a los ojos de la progresía derechohumanista y remisa a asumir cualquier responsabilidad. El Marx que cabe en Jünger tiene cabida en nosotros. El Lenin que cabe en Drieu, igual. Y muchos más (glosados o por glosar en «EL CORAZON...» y publicaciones aledañas).
Pero todo este discurso es inútil, salvo excepciones. La mayoría de los rupturistas continuarán impermeables a ello (la colección de esta revista está sangrantemente llena de iniciativas abortadas -el voto graffiti, los intentos grupales de vanguardia operativa, las tentativas de colaboración con otros colectivos presuntamente críticos, aquella hermosa fantasía del Frente Ibérico de Salvación pensada para cristalizar en... jor, jor, jor... ¡mayo del 98!- que no pudieron arraigar por culpa de la estolidez ambiental), travistiendo estúpidamente de consignas rebeldes los dogmas acuñados por sus verdugos, siempre uncidos a ellos por el cordón umbilical de una misma concepción del mundo. El Gran Hermano desaparecerá, sí, porque su secuencia (como todas las secuencias entrópicas) tiende indefectiblemente a la autodestrucción, pero dudamos mucho que en esta desaparición jueguen un papel destacado los inconformistas. Los de verdad apenas si contamos.
Y sin embargo, qué carajo: desde nuestra pequeñez (como aquellos primeros mamíferos que vieron extinguirse a los dinosaurios), daremos testimonio disidente y abriremos las puertas del porvenir. El viento de los tiempos, el destino y la armonía de las cosas están a nuestro favor (esa certeza no nos la quita ni Dios). El sueño ilustrado, utópico, desmemoriado, no guarda otro futuro que la más absoluta consunción.
El superhombre nacerá (si nace) de los escasos espíritus despiertos y críticos que alberguen los próximos años. Los dinosaurios que hoy se arrogan el monopolio de la razón y del sentido común se hundirán en los pantanos de su sequedad dogmática, de su esclerosis mental, repitiendo hasta la última burbuja de cieno conceptos muertos, palabras muertas, siglas muertas, ídolos muertos...
No será «el Ultimo Hombre» quien ría el último...



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